Vida de un Joyero

Lunes, 18 Agosto   

Peter Carl Fabergé nació en 1846. Se formó como joyero y relojero en Alemania y después se trasladó a Moscú donde estudió las colecciones del Museo del Hermitage.

Su carácter emprendedor le llevó a establecerse por su cuenta siendo muy joven. Su vena creativa la heredó viendo trabajar a su padre. Tras su fallecimiento pasó a sus manos la joyería familiar en San Petersburgo, que por aquellas fechas ya gozaba de cierto prestigio.

En 1884 la suerte del orfebre cambió. Su ingenio y creatividad se vieron recompensados cuando el zar Alejandro III adquirió en su joyería un huevo de Pascua para regalárselo a la Emperatriz María, el domingo de Resurrección.

Una sorpresa al año

La acogida fue tan buena ante una creación tan delicada que el monarca encargó todos los años un huevo para obsequiar a la zarina en esas fechas.

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El diseño de tan singulares encargos siempre surgió de su imaginación, cada vez más originales y exquisitos.

Siempre constituían una auténtica sorpresa para sus clientes, que nunca dieron una directriz ni se quejaron de su iniciativa, quedando siempre admirados por la joya, la belleza de sus esmaltes y la perfección de su trabajo.

Además de los huevos por encargo del zar, Fabergé diseñó un número indeterminado de huevos, no ya imperiales, para personalidades de relieve mundial como Alfred Nobel.

Ni zares, ni encargos

El zar Nicolás II continuó con la tradición paterna, pero en esta ocasión el encargo se duplicaba: un huevo para su madre y otro para la nueva zarina, Alejandra. La revolución de 1917 acabó con los zares y con los encargos.

Con la muerte de los Romanov, Faberge cayó en desgracia. Los bolcheviques le requisaron los talleres aunque el joyero pudo escapar indemne a Suiza.